miércoles, 7 de marzo de 2007

Esto lo escribi escuchando Mezzanine...

Horizontal, derrumbado, rígido, inmóvil. Tétricamente inmóvil clava los ojos en el techo con una violencia hipnótica. Del otro lado de la sufrida pared un susurro absurdo que se filtra con una insolencia divina. Del otro lado del borroso ventanal el cementerio de los vivos, una maraña de edificios se paran y le hacen frente a la noche. Un puñado de luces le dan pelea al frío y la oscuridad. Una errática cucaracha le confirma que eso sigue siendo el techo y sus grietas.
Con una lentitud inhumana comienza a mover una pierna, luego la otra. Con un esfuerzo que se siente en lo más profundo de su nuca se sienta en el borde de la cama, Vuelve a sentir aire en sus pulmones. -…es tan posible como imposible, no existe el destino único. No hay…- Es lo que alcanzo a traducir del murmullo contiguo antes de que la sirena de un patrullero le devolviera a sus oídos el ruido urbano. Era una voz abrupta, quebrada, como palabras huyendo de la boca que las pronuncia.-…árboles, con ramas infinitas. El tiempo…- el maullido de un gato en el edificio abandonado.
Alza la mirada en busca de la cucaracha. Luego de unos largos segundos la ve moverse un tanto más atrás de lo que creía y permanece unos minutos observándola caminar zigzagueando. Se queda fascinado tratando de descifrar sus movimientos, siguiendo su trayectoria. Descubre que la cucaracha no se mueve a la deriva: camina sobre las grietas, las recorre con una fidelidad asombrosa, como si no hubiera nada más allá de estas. Cuando se topa con una bifurcación se detiene unos segundos y sigue por una de las dos. Se pregunta inocentemente que pasaría si alguien agarra la cucaracha y la deja sobre una grieta distinta. -…esto es nuestro ahora…- se distingue en sus oídos con un tono mas imperativo mientras intenta pararse tambaleándose.
Arrastrando las piernas, apoyado, sintiendo todo el frió de la pared en su costado, llega hasta la puerta del baño. Intenta preparase antes de entrar, suspira profundamente, pero de nada sirve. Una oleada de escalofríos asaltan su piel cuando empuja la puerta y ve sus ojos rígidos, casi como queriendo escapar del rostro que los contiene, pero rígidos. Ella esta tirada en la bañera, una gota de sangre trazo un sendero rojo que emerge de la nariz y atraviesa su boca, marcando la mitad exacta entre los mechones de pelo que le pinchan las mejillas. No respira.
Una lámpara sobre el espejo hace su mejor esfuerzo por blanquear el baño, pero el techo siempre encuentra la forma de tragarse la luz. Desde ahí el murmullo apenas se escucha, y de vez en cuando gotea la canilla, como un reloj deforme que simplemente se limita a marcar con solemnidad el paso del tiempo (de algún tiempo). Apoyando los brazos se sostiene en el lavatorio, con la cabeza gacha y respirando profundamente. En su mente, por encima de los pálidos intentos de reconstruir los hechos, por encima de las maldiciones hacia si mismo, predomina una consigna: no mirar a la derecha.
Levanta la mirada, observa fijamente su imagen en el espejo. Clava la vista en el reflejo de su ojo izquierdo, en la forma en la que este a su vez refleja su rostro, pero de manera fantasmal. Cierra los ojos.

Un quiebre, un abrupto pitido en sus oídos, luego esperar a que sus sentidos se reactiven. Abre los ojos, pero un telón negro se resiste unos segundos a entregarle su reflejo. Nuevamente en el espejo comienza a girar lentamente la cabeza hacia la derecha. No se sorprende, no hay nada.
La encuentra parada frente a la ventana. Ella se pregunta cuanto tiempo lleva mirando hacia abajo. –Todas esas calles, esas hileras de luces naranjas- dice despacio, con una voz temblorosa y sin mirarlo –Tanta gente, tantos lugares. Me da escalofríos pensarlo-.
El murmullo se fue. La cucaracha se quedo quieta en el techo.

1 comentario:

Poly dijo...

Leerte hace que te quiera un poco más, nene.